El murmullo del salón era como un río de voces y humo.
El aire olía a whisky, tabaco y secretos.
Hombres de traje jugaban entre risas nerviosas y miradas desconfiadas, apostando más que dinero: orgullo, poder, reputación.
Las luces doradas del techo se reflejaban en los cristales y en los ojos de quienes sabían que una sola carta podía arruinarles la vida.
Fue entonces cuando ella apareció.
Australia Evans caminó entre las mesas con un aire tan sereno que nadie se atrevió a interrumpirla. Su vestido negro parecía flotar, y una máscara plateada ocultaba su rostro, pero no su presencia.
—Si quieres saber quién soy… —dijo, y su voz sonó ronca, casi rota, como si arrastrara años de resentimiento y fuego contenido—… Juguemos un juego.
Travis Mayer la observó con atención.
Aquella voz… había algo familiar, una vibración que lo hizo estremecerse. Por un instante pensó reconocerla, pero no podía ser. No después de todo lo que había pasado.
—¿Un juego? —repitió él, desconfiado—. ¿Otra de tus tr