El murmullo del salón era como un río de voces y humo.
El aire olía a whisky, tabaco y secretos.
Hombres de traje jugaban entre risas nerviosas y miradas desconfiadas, apostando más que dinero: orgullo, poder, reputación.
Las luces doradas del techo se reflejaban en los cristales y en los ojos de quienes sabían que una sola carta podía arruinarles la vida.
Fue entonces cuando ella apareció.
Australia Evans caminó entre las mesas con un aire tan sereno que nadie se atrevió a interrumpirla. Su ves