Al día siguiente, el amanecer en Catalya se presentó nublado, casi anticipando que nada sería tranquilo.
Sídney, sentada frente al ventanal de su despacho, observaba la ciudad con la mirada fija, el ceño apenas fruncido. Su mente no descansaba. El teléfono vibró, interrumpiendo sus pensamientos. Connor estaba en línea.
—Sídney, tenemos noticias. —Su tono era solemne, pero con un matiz de expectativa—. Genaro Arriaga, el magnate del petróleo y máxima competencia de Australia Evans, quiere reunirse contigo y con Travis Mayer. Propone un acuerdo que podría beneficiarlos a todos.
El nombre resonó en su cabeza como un eco de advertencia. Arriaga no era cualquier empresario; era un gran empresario, pero bastante ambicioso, disfrazado de diplomático, un hombre que sonreía mientras calculaba la caída de los demás.
Sídney respiró hondo. Dudó. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que tuviera cuidado. Sin embargo, la razón —y la necesidad— la obligaban a aceptar.
—Está bien —respondió finalmente—,