Al día siguiente, el amanecer en Catalya se presentó nublado, casi anticipando que nada sería tranquilo.
Sídney, sentada frente al ventanal de su despacho, observaba la ciudad con la mirada fija, el ceño apenas fruncido. Su mente no descansaba. El teléfono vibró, interrumpiendo sus pensamientos. Connor estaba en línea.
—Sídney, tenemos noticias. —Su tono era solemne, pero con un matiz de expectativa—. Genaro Arriaga, el magnate del petróleo y máxima competencia de Australia Evans, quiere reunirs