—¿Dónde está? ¿Dónde puede estar, Glory? —vociferó Travis, con la voz rota por la angustia, dándolo todo por perdido y aun esperando una explicación que no llegaba.
Glory retrocedió unos pasos como si las palabras de él fueran golpes. Sus ojos estaban secos, la mandíbula apretada.
—¡No lo sé! —contestó con dureza, clavándole la mirada—. Y aunque lo supiera, jamás te lo diría, Travis Mayer.
Sin esperar otra réplica, se dio la vuelta y se marchó. Sus tacones marcaron el silencio de la casa como un