—¿Dónde está? ¿Dónde puede estar, Glory? —vociferó Travis, con la voz rota por la angustia, dándolo todo por perdido y aun esperando una explicación que no llegaba.
Glory retrocedió unos pasos como si las palabras de él fueran golpes. Sus ojos estaban secos, la mandíbula apretada.
—¡No lo sé! —contestó con dureza, clavándole la mirada—. Y aunque lo supiera, jamás te lo diría, Travis Mayer.
Sin esperar otra réplica, se dio la vuelta y se marchó. Sus tacones marcaron el silencio de la casa como un latigazo.
Travis se quedó inmóvil, con las manos temblando, sintiendo que el mundo se le venía abajo por segunda vez en semanas.
El eco de aquella frase —“se llevó a tus hijos”— seguía resonando en su cabeza como un martillo que golpea hasta astillar el orgullo.
Se fue de ahí.
Caminó sin rumbo por los pasillos de la mansión hasta que se topó con Barry Holmes en el vestíbulo principal.
—Ella se llevó a los niños —dijo Barry—. Debes denunciarlo ahora mismo. Esto es secuestro. ¡Tenemos que actuar