Hanna casi saltó al escenario, fuera de sí, con un temblor que delataba más miedo que indignación.
Negó con fuerza, moviendo las manos como si pudiera borrar las palabras que acababan de lanzarle.
—¡No es verdad! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Yo no plagié nada! Eso no puede ser cierto… ¡Todo es culpa de… ¡Amara! —señaló con un dedo tembloroso—. ¡Ella es la culpable de todo!
Un murmullo de sorpresa recorrió el salón. Amara, sentada entre su madre y su padre, levantó la mirada con desconcierto.
No había odio en sus ojos, solo una mezcla de cansancio y tristeza.
Aun así, su espalda permanecía recta: sabía que no podía permitir que la vieran caer. No ahora.
Glory y Connor, tensos, le tomaron la mano a su hija al mismo tiempo, como si quisieran protegerla del veneno que estaba siendo escupido.
—¿Yo? —preguntó Amara, con calma helada—. ¿Por qué sería culpable de tu fracaso, Hanna?
La acusación era absurda, pero aun así ellos insistían.
Amara recordó como ella ayudó a Hanna, incluso pagó su