Hanna casi saltó al escenario, fuera de sí, con un temblor que delataba más miedo que indignación.
Negó con fuerza, moviendo las manos como si pudiera borrar las palabras que acababan de lanzarle.
—¡No es verdad! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Yo no plagié nada! Eso no puede ser cierto… ¡Todo es culpa de… ¡Amara! —señaló con un dedo tembloroso—. ¡Ella es la culpable de todo!
Un murmullo de sorpresa recorrió el salón. Amara, sentada entre su madre y su padre, levantó la mirada con desconcierto.
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