Mundo ficciónIniciar sesiónEl primer instinto de Amelia fue el de salir corriendo de allí, huir de la luz cegadora de las arañas de cristal y del escrutinio de los invitados que ya empezaban a susurrar al ver la escena. Sintió que el aire se volvía denso, como si las paredes de la mansión se cerraran sobre ella para aplastarla bajo el peso de la humillación pública. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia la salida, la mano de Alessandra se cerró con una fuerza sorprendente sobre su muñeca. No fue un agarre agresivo, pero sí uno firme, cargado de una autoridad que no admitía réplicas. Amelia la miró con los ojos anegados en lágrimas, sintiendo que sus lentes se empañaban por el calor de su propio llanto contenido, y por un momento, se sintió como una niña pequeña buscando refugio en medio de una tormenta..
—No irás a ningún lado, Amelia —le susurró Alessandra con un tono que mezclaba la compasión con firmeza—. Eres la esposa de mi hijo, llevas el apellido De Luca y tienes todo el derecho de estar aquí, en esta casa y en este evento. No le darás el gusto de verte derrotada. —Él ya eligió, Alessa... —respondió Amelia en un susurro, con la voz quebrándose en cada sílaba mientras sus ojos seguían fijos en la figura de Alessandro, que caminaba por el salón con la amante colgada de su brazo como si fuera un trofeo—. Él ya eligió a una nueva mujer. Ya no hay lugar para mí en su vida, nunca lo hubo realmente. Soy solo un estorbo, una sombra de la que quiere deshacerse. Por favor, déjeme ir, no puedo soportar que me miren así. Alessandra la obligó a mirarla a los ojos, ignorando el revuelo que se formaba a pocos metros de ellas. La mujer mayor desprendía una elegancia que Amelia siempre había envidiado, una seguridad que parecía inquebrantable incluso ante el escándalo que su propio hijo estaba provocando. —Escúchame bien, Amelia Moretti. Mi hijo puede cometer errores, puede ser impulsivo y cruel, pero esta familia tiene reglas. Nosotros jamás vamos a aceptar a esa mujer, ni a ninguna otra, por encima de ti. Tú eres la mujer que entró a esta familia con la bendición de todos, y para mí, siempre serás mi nuera. No permitas que su falta de juicio te arrebate tu dignidad. Mantén la cabeza en alto, endereza la espalda y sonríe. Demuéstrales a todos que, aunque te estés rompiendo por dentro, sigues siendo una De Luca por derecho propio. Amelia hizo un esfuerzo sobrehumano por obedecer. Inspiró profundamente, sintiendo cómo el oxígeno quemaba sus pulmones, y forzó una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que al menos le dio una máscara tras la cual esconderse. Justo en ese momento, un invitado llamó la atención de Alessandra, obligándola a retirarse para cumplir con sus deberes de anfitriona. Amelia se quedó sola durante unos segundos, sintiéndose expuesta, hasta que la figura reconfortante de Valerio apareció a su lado, bloqueando con su cuerpo la visión de Alessandro y su acompañante. —Es un imbécil, un completo idiota —dijo su cuñado, con una voz cargada de una indignación que no intentó ocultar—. No entiendo cómo puede ser tan ciego, Amelia. No entiendo cómo no puede ver tu belleza, no solo la que escondes tras esa ropa, sino tu bondad, tu lealtad. Alessandro siempre ha sido un hombre brillante para los negocios, pero es un analfabeto emocional. Lo que está haciendo esta noche no tiene nombre, es una falta de respeto hacia ti y hacia nuestros padres. Amelia bajó la vista hacia su copa, observando las burbujas del licor como si fueran lo más interesante del mundo. El dolor que sentía no era nuevo, era una vieja herida que Alessandro se encargaba de reabrir cada día, pero escucharlo de labios de Valerio hacía que la realidad fuera más cruda. —Él me odia, Valerio. Es algo que va más allá del divorcio o de sus amantes. Nunca me va a perdonar la muerte de Isabella, por más que intente explicarle que fue un accidente, que yo no tuve nada que ver con lo que pasó esa noche. Él me culpa por haber sobrevivido yo y no ella. Para él, la hermana equivocada es la que está viva. Incluso mis propios padres me miran con ese mismo reproche; soy el recordatorio constante de lo que perdieron. Si no fuera por ti y por tu madre, creo que no tendría a nadie en este mundo. Me siento tan sola, Valerio.. tan terriblemente sola incluso cuando estoy rodeada de gente. Valerio movido por un impulso de pura compasión y cariño, dio un paso hacia ella y la estrechó en un abrazo cálido. Amelia escondió el rostro en el hombro de su cuñado, dejando que el aroma a madera y seguridad que él desprendía la envolviera por un instante. Él comenzó a acariciar su cabeza con suavidad, tratando de calmar los temblores que sacudían el cuerpo de la joven, en un gesto de consuelo que era completamente inocente, pero que en aquel nido de víboras que era la alta sociedad, podía ser malinterpretado fácilmente. De repente, la calidez del abrazo se rompió de forma violenta. Amelia sintió un tirón brusco y vio cómo la mano de Alessandro se cerraba con una fuerza brutal sobre los dedos de su hermano, apartándolo de ella con un movimiento lleno de agresividad. Alessandro estaba allí, con los ojos inyectados en una furia oscura, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban bajo la camisa de seda. —¿Qué haces abrazando a mi esposa? —preguntó Alessandro, y su voz era un siseo peligroso que atrajo la atención de los invitados cercanos. La rabia en su mirada era contradictoria, una mezcla de posesividad territorial y odio puro que Amelia no alcanzó a comprender.. Valerio no retrocedió. Al contrario, soltó una carcajada seca, llena de desprecio, y miró a su hermano directamente a los ojos. —Eres un descarado, Alessandro. Tienes el cinismo de venir aquí, a la casa de nuestros padres, escoltado por tu amante, exhibiéndola como si fuera algo de lo que estar orgulloso, ¿y te atreves a reclamarme a mí por consolar a la mujer que estás destrozando? No tienes derecho a decir nada. Has perdido cualquier autoridad moral sobre Amelia desde el momento en que decidiste humillarla de esta manera.. —Mientras ella sea mi esposa, no te permito que le pongas una mano encima —rugió Alessandro, dando un paso intimidante hacia su hermano—. No me importa lo que pienses o lo que creas que estoy haciendo. Amelia es mi responsabilidad y…. —¿Qué ocurre, cariño? —la voz de la mujer que acompañaba a Alessandro interrumpió la disputa. Era una voz melodiosa pero cargada de una seguridad punzante. Ginevra Valenti, era una mujer de una belleza agresiva, con una cabellera negra azabache y unos ojos verdes que parecían dos esmeraldas frías. Ginevra ss acercó a Alessandro y entrelazó sus dedos con los de él, mirando a Amelia con una mezcla de lástima y triunfo que hizo que la joven Moretti quisiera que el suelo se la tragara. Alessandro respiró hondo, tratando de recuperar la compostura, aunque su mirada seguía fija en Amelia, como si quisiera castigarla por buscar consuelo en alguien que no fuera él. Se volvió hacia su hermano y hacia su esposa, y una sonrisa cruel y triunfante se dibujó en sus labios. —Nada, cariño —respondió él, suavizando el tono solo para ella—. Es solo que le estaba dando la noticia a mi hermano y a mi todavía esposa. Estaba esperando el momento adecuado para que todos se enteraran de que tú, estás esperando un hijo mío. El heredero que Amelia nunca fue capaz de darme.






