Amelia dejó la cartera sobre el sofá de la sala apenas cruzó la puerta principal. El sonido sordo del cuero al caer fue lo único que rompió el silencio de aquella casa demasiado grande para una mujer que siempre se había sentido pequeña dentro de ella. Tenía el cuello adolorido por el viaje desde Nueva York a Milán, un dolor persistente que le recorría los hombros y le bajaba por la espalda como una punzada constante. Había pasado semanas fuera, encerrada entre reuniones, contratos y presentaciones interminables, culminando un proyecto que, para su sorpresa, había sido todo un éxito. Cualquiera habría esperado que regresara satisfecha, orgullosa, incluso feliz. Pero lo único que Amelia deseaba en ese momento era una ducha fría y dormir durante horas, desaparecer entre las sábanas y fingir que su vida no era exactamente lo que era.Avanzó un par de pasos más dentro de la sala, dejando la maleta junto a la escalera. La casa olía igual que siempre: a madera pulida, a flores frescas que l
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