Amelia sintió que el piso bajo sus pies se movía de una forma violenta. Su corazón se detuvo por un par de segundos, dejando un vacío helado en su pecho, y las lágrimas empañaron sus ojos enseguida, nublándolo todo. ¿Un hijo? La familia que ella tanto había deseado, ese sueño que alimentó en silencio durante tres años de rechazos, él lo construiría ahora con otra mujer. El salón, que hasta hace un momento estaba lleno de música suave y murmullos constantes, pareció sumirse en un silencio sepulcral. Los invitados, testigos de la desfachatez de Alessandro, contenían el aliento mientras observaban la escena con una mezcla de morbo y asombro. Nadie esperaba que el heredero de los De Luca fuera tan brutal frente a su propia esposa, rompiendo cualquier rastro de decencia en medio de la fiesta de sus padres. —Un hijo —susurró Amelia, y la palabra se instaló en su lengua como un sabor amargo que no podía tragar. —Así es —sentenció Alessandro, disfrutando de la crueldad de sus palabras y, sob
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