La mirada inquisidora de Alessandro, cargada de una mezcla de desafío y una fascinación que no intentaba ocultar, hizo que Amelia terminara aceptando su mano. No lo hizo por sumisión, sino porque entendió que rechazarlo frente a cuatrocientas personas solo alimentaría los rumores que ella quería extinguir. Ambos se dirigieron al medio de la pista, donde el espacio se abría para ellos como si fueran los únicos protagonistas. Las manos de Amelia temblaban de forma casi imperceptible al igual que