Humillada

Amelia permaneció estática en el centro del comedor, rodeada por el desastre de una vida que se caía a pedazos. El eco del motor del auto de Alessandro, rugiendo mientras cruzaba el portón principal, fue el punto final de aquella escena cargada de odio. El silencio que sobrevino fue aún más pesado que los gritos; era un silencio espeso que se le instalaba en los oídos, recordándole que estaba sola en una casa que nunca le perteneció. Tenía el corazón hecho trizas, desmenuzado en tantos fragmentos como la porcelana que decoraba el suelo de mármol. El nudo en su garganta era tan doloroso que sentía que se ahogaba con su propio aire, una presión que le subía por el pecho y le nublaba la vista con una nueva oleada de lágrimas calientes.

Con movimientos mecánicos, como si su cuerpo funcionara por inercia mientras su mente estaba en otra parte, Amelia comenzó a agacharse. No llamó a los empleados; sentía que aquella suciedad era su responsabilidad, que el rechazo de su esposo era una mancha que ella misma debía limpiar. Empezó a recoger los vidrios rotos con las manos temblorosas, sin importarle el peligro. Sus dedos, aún irritados por el esfuerzo de la noche anterior tallando el colchón, buscaban los trozos más grandes. De pronto, un fragmento afilado de lo que había sido una taza de café le atravesó la yema del dedo índice. El dolor fue agudo, punzante, pero Amelia ni siquiera se inmutó por la herida física; era un alivio comparado con el fuego que sentía en el alma. Se llevó el dedo a la boca instintivamente, chupando la sangre metálica que emanaba de la cortada, mientras sollozaba en silencio sobre los restos del desayuno que nunca fue.

—¿Qué ocurrió? ¿Qué m****a ocurrió, Amelia?

La voz era profunda, pero a diferencia de la de Alessandro, esta no quemaba. Amelia alzó la vista y se encontró con los ojos preocupados de Valerio De Luca. El hermano menor de Alessandro era la antítesis del hombre con el que ella se había casado. Valerio era poseedor de una belleza más suave, menos agresiva que la de su hermano; tenía el cabello castaño claro siempre algo despeinado y una mirada que destilaba una bondad genuina que Amelia siempre había agradecido. Mientras que Alessandro era todo aristas y sombras, Valerio era luz y paciencia. Él era el único que se tomaba el tiempo de escucharla, el único que no la miraba con asco cuando entraba en una habitación.

—Me pidió el divorcio —logró decir ella, y el simple hecho de ponerlo en palabras hizo que la realidad la golpeara con una fuerza renovada. Se dejó caer en el piso, sentándose entre los vidrios y los restos de comida, sin importarle ensuciar su ropa ancha—. No quiere nada conmigo, Valerio ... nada. Dijo que le doy náuseas, que soy horrible.

Amelia se llevó las manos a la cara, escondiendo su rostro detrás de sus dedos manchados de sangre y lágrimas. El llanto se volvió histérico, un lamento que salía desde lo más profundo de sus pulmones. Valerio no tardó ni un segundo en arrodillarse a su lado, ignorando que su costoso pantalón se manchara de café. Con una delicadeza infinita, él tomó las manos de Amelia, apartándolas de su rostro para limpiar con sus pulgares las lágrimas que no dejaban de caer. Sus ojos buscaban los de ella con una ternura que Amelia no sabía cómo procesar. Valerio la sostuvo allí, en el suelo de la cocina, permitiéndole romperse por completo mientras le murmuraba palabras de consuelo que ella apenas podía registrar entre el ruido de su propio dolor.

El resto del día fue una nebulosa de miseria. Amelia pasó horas acostada en su habitación, en el mismo colchón que había tallado hasta el cansancio, con la mirada perdida en el techo. No tenía fuerzas para moverse, ni para comer, ni para pensar en un futuro que ahora se veía como un abismo oscuro. Sin embargo, la paz de su miseria se vio interrumpida por el sonido insistente de su teléfono. Era un mensaje de su madre. La familia De Luca, los patriarcas, habían organizado una cena importante en su mansión y la presencia de Amelia era requerida. Ella sintió un escalofrío de rechazo; odiaba esas reuniones donde se sentía como un trofeo roto expuesto en una vitrina de lujo, donde las comparaciones con la memoria de su hermana Isabella eran constantes y crueles.

"¿Es necesario que vaya?", escribió Amelia con los dedos entumecidos. La respuesta de su madre fue inmediata y tajante: "Alessandro lo exigió así. Tienes que estar aquí, Amelia. No avergüences a la familia". La palabra "exigencia" le resultó extraña después de que él le gritara que quería el divorcio esa misma mañana, pero la obediencia era algo que tenía grabado a fuego. Se levantó de la cama con el cuerpo pesado, sintiendo cada músculo adolorido. Se duchó con agua tibia, pero el calor no lograba quitarle el frío interno. Se vistió con su uniforme habitual de invisibilidad: un vestido de corte cuadrado, demasiado largo y de un color beige apagado que la hacía lucir aún más pálida. Se recogió el cabello en un moño bajo, sin gracia, y se colocó sus lentes grandes, sintiéndose como una intrusa en su propio cuerpo.

La mansión de los De Luca era imponente y hermosa. Ubicada en las afueras, era una estructura de mármol y piedra que se alzaba con una elegancia intimidante. Al llegar, el sonido de la música clásica y el murmullo de las conversaciones de la alta sociedad la recibieron como un bofetón. El aire olía a perfumes caros, a puros y a ese aroma a dinero viejo que siempre la hacía sentir fuera de lugar. Amelia caminó por el pasillo principal, con la cabeza gacha, sintiendo las miradas de los invitados sobre ella; sabía lo que decían, sabía que se preguntaban cómo era posible que el impecable Alessandro De Luca estuviera casado con alguien tan insignificante.

En el salón principal, la madre de Alessandro, Alessandra , se acercó a ella. Alessandra era una mujer de una belleza atemporal, con una piel que parecía porcelana y una sonrisa que, a pesar de la frialdad de su mundo, siempre era dulce con Amelia.

—Querida, qué bueno que llegaste —dijo Alessandra , tomándole las manos con calidez—. Te ves cansada, Amelia. ¿Estás bien?

—Solo ha sido un viaje largo desde Nueva York, señora De Luca —mintió ella, bajando la mirada.

—Llámanos por nuestros nombres, ya eres parte de la familia —insistió Alessandra mientras tomaba una copa de un mozo que pasaba y se la entregaba—. Toma, bebe un poco. Te ayudará a relajarte.

Amelia tomó la copa de cristal fino entre sus dedos, sintiendo el frío del licor a través del vidrio. Llevó el líquido a sus labios, esperando que el alcohol quemara el nudo que aún tenía en la garganta. Sin embargo, el sabor del licor se volvió ceniza en su boca y su estómago dio un vuelco violento. En el umbral de la entrada principal, la figura de Alessandro apareció, imponente y magnífico como siempre. Pero no venía solo. A su lado, aferrada a su brazo con una confianza insultante, estaba la misma mujer que Amelia había visto en su propia cama el día anterior. La amante sonreía con arrogancia, luciendo un vestido rojo que gritaba posesión, mientras Alessandro la miraba con una atención que Amelia nunca había recibido en tres años de matrimonio. El mundo pareció detenerse mientras Amelia veía a su esposo entrar en la casa de sus padres con la mujer que lo acompañaba en su traición, frente a todos, frente a ella.

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