Amelia salió de la terraza con paso firme, dejando a su madre sola en medio de la penumbra y el silencio gélido de la noche. Sentía que las lágrimas querían brotar con una fuerza incontenible, quemándole la parte posterior de los ojos, y un grito mudo se le quedaba atascado en la garganta. Era la mujer que le había dado la vida y darse cuenta, una vez más y con una crueldad renovada, de que Berenice nunca la había querido y jamás lo haría, le partía el alma en mil pedazos. El dolor no era nuevo