Valerio dejó las copas que llevaba en la mesa, olvidándose por completo del brindis y de la celebración que continuaba en el gran salón. Sin mediar palabra, tomó a Ginevra por el brazo y la guió hacia la salida privada, evitando el centro de la pista para no atraer más miradas curiosas sobre la figura empapada de la mujer. No le dijo nada durante el trayecto hacia el estacionamiento; dejó que el silencio se instalara entre ellos mientras ella temblaba levemente, más por la rabia que por el frío