Un delito.
Se quedó ahí, arrodillado en el suelo frío y duro, con los hombros caídos y el rostro descompuesto por la angustia, después de que ella le gritase con toda la furia que jamás, lo perdonaría por todo el sufrimiento causado, y entrara a la habitación de los niños, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó como una sentencia final en toda la mansión.
El Sebastián, poderoso e intimidante, había perdido completamente toda su dignidad, orgullo que durante años había sido su escudo contra el m