CAPÍTULO FINAL.
La iglesia estaba decorada de papel blanco y flores, que le daban un toque angelical. Sus sillones estaban abarrotados de personas, que se mantenían en silencio, escuchando la misa que el sacerdote daba.
Dos cabecitas pequeñas, eran humedecidas por agua, mientras sus padrinos los sostenían. Sebastián y Stella se miraron fijamente, y sonrieron ante el llanto de los hijos de Mayra, los cuales serían sus ahijados.
Tanto Sebastián como Stella, consolaron a los pequeños, mientras los padres de estos