Sí, son tus hijos....
Sebastián fulminó a su esposa con la mirada, aquella mirada penetrante y fría que siempre había logrado intimidar a todos quienes la recibían, excepto a ella, por repetir esas palabras que perforaban su alma como dagas envenenadas, palabras que hacían brotar un torbellino de emociones contradictorias en su interior.
—¡Son mis hijos! ¡Me los ocultaste por siete meses de embarazo!! Te hiciste pasar por muerta cuando estabas viva, y todavía quieres seguirme engañando con mentiras absurdas que no