Proteger a los niños.
De reojo vio como Sebastián se levantaba de su asiento en la esquina opuesta del restaurante, con esa característica determinación que siempre había mostrado.
Sintió cómo el estómago se le contraía mientras un escalofrío recorría su espalda, anunciando le que ahí, podía correr sangre.
Por ello, decidió levantarse con un movimiento fluido y elegante, disculpándose brevemente con una sonrisa tensa, para luego dirigirse a su encuentro, como quien se aproxima a un animal salvaje e impredecible.