Maldita mujer.
Stella escuchó el llanto de uno de sus pequeños hijos atravesando el silencio nocturno de la mansión, y sin pensarlo dos veces, se incorporó de la cama como había venido haciendo cada noche desde el nacimiento de los gemelos.
El cansancio pesaba sobre sus párpados como si fueran losas de concreto, pero el instinto maternal era mucho más poderoso que cualquier deseo de descanso.
Sus pies descalzos tocaron la fría superficie del suelo de mientras se colocaba apresuradamente la bata de seda so