Fuera de su casa.
No importaba lo que su madre hubiera hecho, Stella no iba a permitir que continuaran humillándola y golpeándola de la forma que lo habían hecho.
La indignación corría por sus venas como fuego líquido, quemando cualquier rastro de paciencia o comprensión que pudiera haber albergado hacia aquellas mujeres.
Durante meses había soportado desprecios, miradas furtivas cargadas de desdén y comentarios mordaces susurrados en los pasillos de aquella mansión que ahora le pertenecía por derecho.
La