Nadie saldría ileso.
Isabella sostuvo la mirada de Sebastián con una quietud que incomodaba, como si hubiera calculado de antemano cada reacción, cada respiración contenida.
Un silencio denso se extendió por la sala como una niebla que ahoga cualquier intento de reacción. Incluso el ventilador del proyector, que zumbaba con monotonía, pareció ralentizar su ritmo, como si también necesitara escuchar lo que acababa de ocurrir.
Leonardo, con su habitual mirada aguda, levantó una ceja, más por intriga que por desapr