No volveré.
La residencia privada a las afueras de Milán no era un hogar, sino un refugio de sombras.
Un palacio moderno de mármol gris y cristales que se alzaba entre viñedos dormidos por el frío, rodeado de un silencio que parecía devorarlo todo.
Sebastián Moretti se encontraba allí, aislado y enjaulado en sí mismo, como un león herido que se niega a mostrar sangre.
Frente al ventanal principal, con un brandy en la mano, observaba la lejanía con la arrogancia de quien aún pretende gobernar lo que ya no l