No volveré.
La residencia privada a las afueras de Milán no era un hogar, sino un refugio de sombras.
Un palacio moderno de mármol gris y cristales que se alzaba entre viñedos dormidos por el frío, rodeado de un silencio que parecía devorarlo todo.
Sebastián Moretti se encontraba allí, aislado y enjaulado en sí mismo, como un león herido que se niega a mostrar sangre.
Frente al ventanal principal, con un brandy en la mano, observaba la lejanía con la arrogancia de quien aún pretende gobernar lo que ya no le pertenece, y esa ilusión fuera lo único que le quedaba para no admitir su derrota.
Vestía una camisa negra, desabotonada hasta el pecho y con los puños arremangados, como si hubiera abandonado hacía tiempo cualquier intención de formalidad. El rostro endurecido por las ojeras y la barba de dos días reflejaba el desgaste de noches sin sueño ni paz.
El vaso pesado temblaba apenas en su mano, delatando un pulso inquieto que contradecía la serenidad que intentaba fingir, como si su cuerpo se negar