Jamás firmaría el divorcio.
Sebastián apenas lograba recuperar el aire tras la llamada con Giancomo cuando el teléfono volvió a vibrar entre sus dedos.
Miró la pantalla y la tensión se le anudó en los músculos.
Era su padre.
Sus labios se apretaron en una línea dura y dudó en si responderle o no, con el pulgar detenido sobre la pantalla, pero al final cedió, contestando con el cansancio marcado en su voz y en sus gestos.
—¿Qué quieres? —gruñó, dejando que el cansancio y la rabia se filtraran en cada sílaba, mientras sus o