Jamás firmaría el divorcio.
Sebastián apenas lograba recuperar el aire tras la llamada con Giancomo cuando el teléfono volvió a vibrar entre sus dedos.
Miró la pantalla y la tensión se le anudó en los músculos.
Era su padre.
Sus labios se apretaron en una línea dura y dudó en si responderle o no, con el pulgar detenido sobre la pantalla, pero al final cedió, contestando con el cansancio marcado en su voz y en sus gestos.
—¿Qué quieres? —gruñó, dejando que el cansancio y la rabia se filtraran en cada sílaba, mientras sus ojos se enturbiaban de impotencia y el pecho se le oprimía como si incluso el aire lo juzgara.
La voz del patriarca estalló en el auricular como un látigo, cargada de autoridad y desprecio, tan cortante que Sebastián sintió que le golpeaba directamente el alma.
—¿Qué quiero? ¡Quiero que dejes de comportarte como un adolescente mimado! Tu ausencia en la empresa es inaceptable. Estás cruzando una línea peligrosa, Sebastián. Todo este escándalo es una vergüenza para nuestro nombre —escupió el viejo