No tardaste en olvidarme.
Cada minuto que Isabella pasaba sentada en aquel lobby se sentía como una eternidad.
La gente se movía a su alrededor, el reloj avanzaba implacable, pero dentro de ella todo estaba quieto, tenso, como si sostuviera un hilo invisible a punto de romperse.
Su respiración era superficial, el corazón palpitaba con fuerza, mientras sus pensamientos se oscurecían poco a poco, imaginando qué estarían hablando, qué palabras podría estar usando Miranda, qué era lo que tramaba o lo que quería de Gabriel.