Muy tarde me amaste.
Isabella respiró hondo, intentando que el temblor de sus emociones no se reflejara en su rostro ni en su voz, aferrándose a esa bocanada de aire como si en ella encontrara fuerzas.
Podía sentir su propio corazón latiendo con tanta fuerza, que temía que Sebastián pudiera escucharlo.
—¿Qué haces aquí, Sebastián? —preguntó con la mirada fija en él, buscando una respuesta, buscando entender—. ¿Cómo entraste a mi casa? ¿Cómo supiste dónde vivo?
Frente a ella, Sebast