Adiós.
Gabriel no respondió.
Su silencio fue una invitación y un muro al mismo tiempo, un espacio donde Miranda sintió que el peso de su pasado la aplastaba y, a la vez, le ofrecía una última oportunidad de redención.
Su corazón latía con violencia mientras la angustia le revolvía el estómago.
Miranda tomó aire profundamente y, finalmente, se atrevió a mirarlo.
Sus ojos estaban enrojecidos y llenos de lágrimas que apenas podía contener y de un dolor acumulado durante años, como si cada palabra que est