No hay tiempo para el cansancio.
El murmullo del salón crecía como un oleaje un oleaje de voces elegantes que se mezclaban con risas suaves y con el tintinear de copas de cristal que chocaban como campanas de porcelana, llenando el aire de un ritmo constante, casi hipnótico.
Isabella avanzaba sola, con la frente erguida, envuelta entre vestidos entallados que destellaban bajo las lámparas, trajes oscuros impregnados de la arrogancia del poder y palabras pulidas que giraban en torno a cifras, alianzas y promesas que parecían má