Está con mi peor enemigo.
El penthouse olía a whisky y a derrota.
La luz del mediodía entraba cruda por el ventanal y lo mostraba todo sin misericordia, desde las huellas de vasos en la mesa de centro hasta el traje abandonado como una bandera caída.
Sebastián seguía donde la noche lo había dejado, hundido en el sofá con la misma ropa con la que horas antes había subido veinte pisos en Lyon Group para reclamar lo que ya no le pertenecía.
La corbata colgaba floja, la camisa marcaba pliegues que hablaban de una batalla pe