Esposa desaparecida.
La madrugada se había disuelto sin ruidos sobre la bahía privada, y el sol apenas asomaba una línea dorada cuando Isabella abrió los ojos en la cama enorme de la villa del sur.
El techo alto, cubierto por vigas de roble viejo, la recibió con la misma sensación de refugio que se había vuelto costumbre en las últimas noches. Allí, nada chirriaba ni interfería. Ningún vecino podía curiosear detrás de cortinas mal cerradas, ningún fotógrafo tenía acceso visual, y ni siquiera los drones corporativos