Eres una asalariada.
El reloj de pared del pent-house marcaba las dos de la madrugada, y por tercera noche consecutiva, el zumbido del segundero era lo único que le hacía compañía a Sebastián Moretti, repicando como si cada tic-tac midiera no el tiempo, sino la distancia creciente entre él e Isabella.
Se había quedado dormido vestido en el sofá de cuero del salón principal, con el teléfono apoyado sobre el pecho como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio emocional.
A su alrededor, todo permanecía inaltera