El calor húmedo de Panamá se filtraba por las rendijas de la casa de madera pintada de blanco dentro del barrio tranquilo. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa marina y, dentro, el aroma de café recién hecho llenaba la cocina. Serena caminaba descalza, con el cabello recogido en un moño improvisado y su teléfono abierto en una app cifrada; cada mensaje se borraba automáticamente. Sobre la mesa tenía papeles, mapas y tarjetas SIM que iba cambiando con destreza.
—No podemos dejar ni un