Era de madrugada y el silencio azotaba la casa. El viento golpeaba las ventanas y la lluvia se deslizaba como lágrimas pesadas por los cristales. Kenji no dormía, no podía.
Desde su despacho, el brillo de las pantallas iluminaba su rostro. Había mapas, planos, coordenadas cifradas. Frente a él, un portátil conectado a una red imposible de rastrear mostraba datos que ningún agente vivo se atrevería a abrir.
Kenji Joshida había vuelto a ser el fantasma que la Agencia temía.
Encendió un cigarro