El cielo había amanecido gris. No llovía, pero la amenaza flotaba en el aire como una carga invisible. Kenji observaba el horizonte desde la terraza, cigarro en mano, cuando escuchó pasos firmes detrás de él.
No necesitaba girarse para saber quién venía. La forma en que se detenía, el eco de la respiración contenida, era demasiado familiar.
―Pensé que tardarían más en enviarte. ―Dijo sin volverse.
―¿Y perderme la cara que pones cuando recuerdas que aún me debes una botella de sake? ―Respondi