Julieta abrió los ojos lentamente. El aire estaba impregnado de humedad y un leve olor a madera vieja. Se encontraba en una habitación sombría, con las manos atadas a la espalda y una soga ajustada en los tobillos. El murmullo del mar cercano era la única señal de que seguía en una isla. Su respiración se aceleró.
—¿Dónde… dónde estoy? —Susurró con voz temblorosa, tratando de luchar contra el pánico.
Las paredes eran de piedra rústica, cubiertas en algunos tramos por manchas de moho. No había