El estruendo de los disparos aún resonaba en la cabaña cuando Kenji se puso de rodillas. El dolor le atravesó el brazo izquierdo como fuego líquido y su hombro no estaba mejor, pero las heridas eran nada frente a la visión que lo atormentaba: Julieta siendo arrastrada hacia la oscuridad, sus ojos abiertos en un terror absoluto, sus manos extendidas hacia él antes de desaparecer. Ese instante se le grabó en la retina como una cicatriz imposible de borrar.
—¡Julieta! —Rugió con una desesperación q