La mañana siguiente llegó como una ráfaga. No dormí. No podía. Mi cuerpo seguía en la cama, pero mi mente… estaba en todo lo que Ash me había dicho.
Tres días.
No había discusión. No había espacio para dudas. Me iba a casar con él. Y, peor aún… una parte de mí ya no lo temía... Lo deseaba.
Cuando bajé, aún en bata, me encontré con una escena de película: sobre la larga mesa de la sala estaban extendidos trajes, cajas, telas finísimas y varias mujeres elegantemente vestidas con cintas y portapap