ASHTON GARDNER
Las horas en la clínica se habían vuelto una eternidad insoportable.
No soltaba la mano de Liss ni un segundo, como si ella fuera el ancla que me mantenía firme en medio de esta tormenta. Mis dedos entrelazaban los suyos con delicadeza, mientras mis labios no dejaban de rozar su frente, rogándole en silencio que regresara a mí.
—Por favor, vuelve... —susurré, con la voz quebrada—. Te necesito. Necesito que despiertes.
El monitor marcaba sus signos vitales estables, pero eso no me