El camino de regreso a la mansión fue silencioso, pero no incómodo. Mis manos aún temblaban por todo lo que había pasado, pero mi mente… estaba en Ash. En cómo me había mirado después del golpe. Como si fuera su joya más valiosa, pero también su arma más letal.
El chofer conducía en silencio; Ash, con una mano abrazándome, y la otra descansando sobre mi muslo, como si necesitara tocarme para no estallar.
La mansión nos recibió con luces cálidas. Al entrar, los empleados se retiraron discretamen