LISSANDRA
La habitación olía a jazmín suave, con ese aroma que Ashton sabía que me tranquilizaba. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas beige, bañando la cama con un resplandor cálido y tenue. Yo estaba recostada, aún débil, pero con el corazón lleno. Tenía a Elías en un brazo y a Agatha en el otro. Dormían plácidamente, y yo no podía dejar de mirarlos como si fuesen el milagro más hermoso que había visto en mi vida.
—Mis bebés… —susurré, besando sus cabecitas con el alma colgand