EYDAN GARDNER
El aire olía a plástico quemado.
A derrota.
A MlERDA
El humo salía de la carcasa de la laptop como si hubiera intentado contener una bomba nuclear. Golpeé el escritorio con furia, haciendo volar el café que me había traído uno de los técnicos. Los tres idiotas que contraté estaban con la cabeza gacha, intentando respirar entre el desastre. Uno de ellos tenía las puntas de los dedos vendadas por tratar de salvar su placa madre.
—¿Qué demonios pasó? —rugí.
Nadie contestó.
—¡Hablen,