ASHTON GARDNER
Me habían dicho que este momento llegaría. Que tarde o temprano, si todo salía bien, la darían de alta. Pero cuando el médico entró esa mañana con esa sonrisa profesional y un “es hora de irse a casa”, sentí que el corazón se me desarmaba. Como si recién ahora pudiera soltar el aire que venía conteniendo desde aquella maldita noche.
Ella me miró, con los ojos aún algo apagados por la debilidad, pero llenos de esa fuerza que solo Liss puede tener. No dijo nada. Solo me extendió la