ASHTON GARDNER
El hospital tenía ese silencio incómodo que no era paz, sino pausa. Como si el tiempo se suspendiera justo en el filo de lo que más temes y lo que más amas. Estacioné y bajé sin apuro, como si mis pies necesitaran más tiempo para alcanzar la puerta que mi mente ya había cruzado hace rato.
Cuando iba a subir al ascensor, vibró mi celular. Lo saqué del bolsillo y lo desbloqueé con un movimiento automático.
Mensaje de William:
“Está hecho.”
Nada más. Dos palabras. Frías, exactas, de