Cada tanto Ryu volvía el rostro hacia Amaya, quien se mantenía abstraída mirando por la ventanilla. Las lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas amoratadas.
Cuando llegaron a la fortaleza vampírica, Ryu tuvo nuevamente que sostenerla, temblaba como si le costara mantenerse en pie. Era como una muñeca rota.
—¿Cómo supiste que…? —Amaya rompió el silencio.
—¿Qué estabas en peligro? —Terminó él la pregunta y Amaya asintió—. No puedo leer tu mente, pero entre tú y yo hay un vínculo de sangre