Liadrek
Mis manos todavía temblaban cuando entré a mi habitación, incrédulo de lo que había hecho. ¿Cómo pude pedirle un tiempo a la mujer que tanto me costó conquistar?
¡Era absurdo!
Me apreté el cabello y, por primera vez en mi vida, maldije. Fuerte y audible, con el dolor fluyendo en cada profanación.
Y me derrumbé. Caí de rodillas al suelo, con el corazón sangrando y la impotencia obstaculizando el ritmo regular de mi respiración.
—¡Soy un imbécil! —despotriqué en mi contra, airado y desesp