No supe en qué momento cruzamos miradas, pero me quedé hipnotizada con el verde que me escudriñaba con curiosidad. Era la primera vez que la presencia de un hombre me afectaba de esta manera tan peculiar a la que no lograba ponerle un nombre.
Y no era solo el temor que me provocaba, si es que en verdad le temía; ese hombre tenía algo que me daba una seguridad casi irracional. Había en su presencia algo más allá de su apariencia brutal y despiadada, algo que me ponía nerviosa. Meditar en ello me