Sergio regresó al auto, su rostro empapado por las lágrimas, sus ojos hinchados y rojos, como si la angustia misma se hubiera apoderado de él.
La ira lo envolvía, pero también un dolor profundo que no sabía cómo manejar.
—¡A casa, ahora mismo! —ordenó, su voz quebrada, como si cada palabra fuera una carga.
Los hombres que lo acompañaban no dudaron ni un segundo, obedecieron con rapidez, conscientes de que algo oscuro se cernía sobre su jefe. No había espacio para preguntas, solo para hacer lo qu