Sergio bajó a la mujer y a la niña del auto sin miramientos.
Las empujó fuera con violencia, como si fueran simple basura, y gruñó una orden seca:
—¡A casa! ¡Conduce a toda prisa!
Su voz era un látigo, cortante, desesperada.
La sangre le hervía en las venas.
Antes de marcharse, señaló a uno de sus hombres con una mirada que no admitía réplica.
—Que no abra la boca —escupió, apenas conteniendo su furia—. Amenázala si es necesario. No quiero testigos.
***
El auto avanzaba veloz por la carretera