Mis lágrimas caían sin control, calientes, saladas, tan intensas como el fuego que aún ardía en mi pecho. Las sentía correr por mis mejillas, mojando mi piel como si intentaran apagar el incendio dentro de mí. Él tomó mi mano con tanta suavidad que me rompió aún más. Sus dedos temblaban, y en su mirada había un dolor que reconocía, porque era el mismo que me habitaba.
—Ariana… —susurró con voz ahogada—. Es mi culpa. Te ruego perdón.
Me quedé en silencio. No sabía qué decir, cómo reaccionar. Era