Diego suspiró profundamente, intentando reprimir su ego. Aunque la presencia de su madre en Valencia era lo último que deseaba, abrió la puerta y le permitió pasar. Como hijo, aún mantenía los modales; le acercó una silla y se dirigió a la pequeña cocina para prepararle un té caliente.
Sofía no se sentó de inmediato. Recorrió la sencilla sala de estar del apartamento, rozando la superficie de los muebles y observando la decoración minimalista con una mirada juzgadora, un hábito que repetía ca