Diego estaba sentado en su despacho, sumido en la penumbra. Frente a él, Martín permanecía firme, sosteniendo unos documentos y una tableta encendida. Desde el incidente en la habitación, Diego no había podido pegar ojo; los celos empezaban a devorar cualquier rastro de lógica.
—Dímelo todo, Martín. Todo. No me ocultes nada —ordenó Diego. Su voz sonaba ronca y sus ojos estaban inyectados en sangre por la furia contenida.
Martín dejó la tableta sobre el escritorio.
—Estos son los registros de l