La tensión en la habitación principal de los De La Vega se podía cortar con un cuchillo. Adriana estaba sentada al borde de la cama con los hombros temblorosos, mientras Roberto permanecía inmóvil junto al gran ventanal.
—¿Por qué permitiste que Diego se casara con Elena? —la voz de Adriana se quebró entre sollozos. Miró a su esposo con ojos llenos de reproche—. Te lo advertí una y otra vez. ¡Mira lo que está pasando ahora!
Roberto guardó silencio, dándole la espalda.
—Sabía que esto sucede