Diego observaba a su padre, que yacía debilitado en la cama del hospital. Podía sentir el temblor en el agarre de Arturo, pero la mirada del anciano seguía ardiendo con una ambición que se negaba a morir.
—Tráela aquí, Diego... —repitió Arturo con una voz cada vez más ronca.
Diego respiró hondo y, lentamente, apartó la mano de Arturo de su brazo. Se puso de pie, marcando una distancia clara entre ambos.
—No, papá —respondió Diego con firmeza. Su voz era tranquila, pero tajante—. Elena neces