Habían pasado dos semanas desde la última vez que Alma vio a Gael.
No las contó en días marcados en el calendario, sino en mañanas iguales, en tardes silenciosas, en noches que llegaban demasiado pronto. Dos semanas desde que su nombre dejó de ocupar un lugar visible en la casa, aunque siguiera pesándole en el pecho como algo que no se nombra por miedo a romperlo.
Damián seguía trabajando.
Salía temprano, cuando la luz todavía era débil, y regresaba entrada la tarde con el cansancio dibujado en