Gael corrió.
No miró atrás.
Las balas silbaban cerca, rompiendo el aire, golpeando metal y concreto. El mundo se había reducido a eso: correr, respirar, no caer. Saltó una valla oxidada, rodó por el suelo, se levantó de nuevo. El cuerpo le respondía por puro instinto, como si no fuera suyo.
Llegó al vehículo.
Arrancó sin pensar.
Las ruedas chirriaron mientras el auto se lanzaba a la calle desierta. Las luces se tragaron la oscuridad del barrio industrial, pero el eco del galpón seguía persiguié